jueves, 6 de septiembre de 2012

92 días en Buenos Aires: Punto y Final

No he escrito hasta ahora porque estoy cansada de las letras. Pero creo que Buenos Aires merece un final, así que hago un esfuerzo para dejar constancia de aquello que hemos vivido en la ciudad porteña y a aquellos que hemos conocido en nuestro tiempo aquí. 

En realidad no llevo 92 días en Buenos Aires. Ese es el total que haré cuando coja el avión de regreso a Madrid. Como sé que de repente no voy a escribir en tres días lo que no he escrito en tantos y tantos, aquí va mi punto y final. Con este post termina mi aventura por el mundo y también doy por finiquitado desdemadridalmundo. No han sido 365 días, pero tal y como yo lo veo, sí ha sido un año de vida. 

A estas alturas puedo decir que no conozco Argentina. Tendré que volver para disfrutar del país, porque señores cuando se va a vivir a otro país, no necesariamente se va a conocerlo. Algunos no se pueden visitar si no tienes ni dinero, ni tiempo. Julio y yo con poco hacemos maravillas y mi tiempo profesional, desgraciadamente, puedo ajustarlo para robarle días y moverme, pero...se nos escapó algo: Julio vino a trabajar y este país es tan grande que la opción de irte un fin de semana a otro lado supone un desembolso demasiado sacrificado para dos días y tantos kilómetros de extensión.  

Con este último relato quiero ser bastante fiel a mí misma, porque no sólo lo escribo para que los nuestros nos sigan la pista, lo hago para cuando pierda la memoria, que es algo muy común en mí. Así que intentaré no autoengañarme mucho. 

Como decía: no conozco Argentina, pero creo que puedo decir que he ido a casi todos los sitios destacados de Buenos Aires. Si alguna vez vuelvo aquí, estoy convencida de que sabría moverme muy bien por sus largas y largas calles. Julio y yo realmente hemos vivido en Buenos Aires y con Buenos Aires. Juntos y por separado. Como es normal, hemos compartido mucho tiempo las mismas experiencias y cada uno hemos vivido la ciudad de una manera. Julio trabajando en ella, con ella y para ella. Yo haciendo los días en ella, a veces sintiendo mucha soledad a pesar de lo grande que es esta ciudad. 

Primero hablemos de la gente que hemos conocido. Han sido unos cuantos, pero voy a limitar la lista a los amigos que hemos hecho y que conservaremos. Son Juan y Ana. Juan es un onubense de Isla Cristina que trabaja aquí cincuenta días, vuelve siete a su casa a ver a su mujer y a su niños y retorna para otros cincuenta  días. Y Ana es su cachonda mujer que vino por diez días para experimentar cómo vivía su marido en Buenos Aires. Juan es un hombre que cae de pie. Tiene suerte hasta en las desgracias y es simpático, generoso, divertido, amable y cariñoso. Julio y yo le tenemos un enorme respeto y más cariño. Tanto que cada vez que hacemos algo en Buenos Aires lo estamos llamando. 

En los diez días que vino Ana, me puse las pilas y mientras su marido trabajaba, nos fuimos juntas a conocer Buenos Aires. Así profundicé la ciudad y ahora a cualquiera que viniese a Buenos Aires podría decirle con precisión que recorrido hacer para no perderse nada. Detallaré un poco...

Recoleta. Es mi barrio. Donde está el famoso cementerio que da vida a esta zona un poco turística y esnob. Mucha tienda, mucho restaurante, mucho mausoleo y un lugar seguro, animado por zonas y tranquilo por otras. Lo pintoresco de Recoleta es la Plaza de Francia que se llena de puestos de artesanos los domingos. De ella se va a Avenida del Libertador que muestra con orgullo la vieja riqueza del país, entre estatuas, jardines y monumentos. Aquí está la Universidad de Derecho, que más que un centro de estudio parece la Acrópolis... En Recoleta hay un café -La Biela- en cuya terraza casi siempre luce el sol, aunque en el resto del barrio no. Es muy famoso y pintoresco. Allí he pasado muchas mañanas leyendo un libro. 

Palermo. Está el viejo, el nuevo, el alto, el bajo, el Sojo, el Hollywood... Palermo es la zona de la moda, las copas, los guapos, lo creativo, lo rompedor... Grandes calles con casas bajas en las que se abren comercios inmensos llenos de diseñadores jóvenes que comparten el espacio para vender su talento. 

Corrientes. La calle de los teatros. Llena de vida, movimiento, teatros, teatros, librerías y teatros, entre restaurantes y cafeterías. Corrientes nunca duerme. Los dos sitios en los que más he disfrutado en Corrientes son un restaurante al aire libre que se oculta en una pequeña plaza que se adentra entre pasadizos, absorbiendo la tranquilidad que no tiene la larga calle; así como un sótano con humedad al que nos llevó Julio a Juan y a mí, y en donde se ofrecía un fantástico concierto de Jazz. 

La Avenida de Mayo, el Obelisco, la hortera Casa Rosada y la calle Florida. Del primer sitio no olvidaré el Café Tortoni, una maravilla de sitio que nos recomendó mis tíos y por el que hemos hecho cola para entrar. Merece la pena porque es maravilloso. Del Obelisco, a parte de la inmensidad de la Avenida 9 de Julio en donde está ubicado, por donde he pasado bajo su pedestal una tantas veces para ir a buscar a Julio al trabajo, me quedo con el 'Bar de Julio' -se llama así- un lugar modesto que siempre ofrece canciones de tango en vivo a cambio de unas moneditas para la gorra. Los cantantes dicen que el que tenga dinero que eche lo que le parezca, y el que no que lo disfrute. La Casa Rosada es hortera y por la noche, con sus tantos colores iluminados y el reflejo de las luces de los edificios colindantes, más hortera aún, pero no es fea. Es recargada y colorista. Me parece irónico que los porteños estén tan cansados de su Gobierno y que éste se muestre con tanto color, parece como si se riese a la cara de la gente... En fin, es mi apreciación. Pero, lo que más me llama la atención de la Casa Rosadita son las cruces plantadas justo frente a ella. Recuerdan la Guerra de las Malvinas, que todavía no se supera. La Calle Florida está hecha para tomar el pelo a los turistas con artículos de mala calidad. Es larga, peatonal, un poco decadente y ofrece mucha porquería, pero entre tantas y tantas galerías comerciales, se aprecia una vida intensa, la del 'buscavida'. 

Abasto. Triste. En su tiempo tuvo que ser muy bello, pero por un lado se lo han cargado y por otro lo han descuidado. La página de turismo de Buenos Aires incluye esta zona como recorrido de interés, pero le haría un favor a la ciudad si la eliminase o si recuperase el barrio. A esta zona le adjudican el tango porque por aquí anda la casa de Gardel, que ahora es un museo y es donde Julio y yo fuimos a aprender tango. Entre suciedad y abandono todavía hoy hay pequeñas casas llenas de color, letras de canciones y duende que te dan una idea de lo que era este barrio. Pero lo peor que han hecho en él ha sido convertir un maravilloso y espectacular mercado- El Mercado de Abasto-  en un ordinario centro comercial.

Caminitos. La Boca. En realidad son dos calles y están bien definidas por guardias de seguridad que intentan proteger a los turistas del resto del barrio. Es decir, las dos calles llenas de casas de aluminio pintadas de todos los colores posibles, que es lo que le hace tan especial, están delimitadas hasta las seis de la tarde. Hora en la que los puestos de artesanos y restaurantes a cada lado de las dos cuadras comienzan a recoger los trastos. En su día Caminito significó algo para Buenos Aires, pero ahora es un lugar artificial creado para contentar y sacar las perras al turista. 

San Telmo. Lo mejor de Buenos Aires. A esta zona se le llama así por el mercado que se celebra cada domingo en ella. Es fantástica, llena de música, baile, creatividad, color, puestos y puestos que se alinean hasta el infinito, un mercado galería de antigüedades increíblemente auténtico. Rincones estupendos. Aquí Ana, Juan, Julio y yo pasamos un domingo genial disfrutando con los conciertos, en una terraza antigua para nosotros solos, admirando una batucada en la calle... Fue un día fantástico. 

Puerto Madero. Una desilusión. Demasiada expectativas por mi parte

Las Cañitas. Un sitio que se está recuperando para convertirse en una zona de moda en restaurantes y pubs. Está bonito y hay buenos sitios para comer. Juan, Julio y yo disfrutamos un buen almuerzo aquí en una pizzería que nos llevó Juan y cuyo nombre no recuerdo. 

Tigre. Más mercado. Es inmenso e inmenso. Lleno de puestos de todo tipo, restaurantes y es bello porque se cierra sobre el Río Tigre. 

El Barrio Chino. Bueno, son dos cuadras a las que se entra por un gran arco chino para llegar a numerosas tiendas chinas horteras, puestos callejeros y otros tantos restaurantes asiáticos. Si no lo visitas no te pierdes nada. 

Cosas que hemos visto y hecho en Buenos Aires: 
Aprender el cuadrado del Tango (es el primer paso y de ahí no pasamos porque dejamos de ir a clase. Es que regañamos mucho)

Comer carne y queso: mucha, muchísimo. Para mí lo mejor es el Bife de Lomo y nuestra viciada Broboleta

Desayunar las promos de Buenos Aires: zumo de naranja, tres facturas (medialunas), café y un vasito de agua con gas

Ir a una tanguería. Muy interesante ver como se piden para bailar, la moda sin época de los vestidos de ellas y los trajes de ellos, los diferentes estilos, el círculo en la sala tan bien formado, lo intemporal y un poco decadente de todo.

Ir a una pequeña obra monólogo. Ofrecen todo tipo de espectáculos de todo tipo de precios y una noche decidimos ir a uno por 50 pesos cada uno. Nos equivocamos de sala y terminamos en otro -No estuvo mal-

Regañar con los argentinos. Los comercios nunca corrigen los errores que comenten, como por ejemplo las lavanderías que son capaces de darte la ropa de otro y la tuya darla por desaparecida.

Comprar y leer libros -por cierto que nadie deje de visitar la librería El Ateneo de Avenida Santa Fe si alguna vez viene a Buenos Aires- es maravillosa y merece su condición de segunda librería más bella del mundo.

Ver paseadores que perros con miles de correas en sus manos (lo malo es que no limpian lo que van dejando los perros, así que la ciudad está llena de mierda)

Los vendedores de los colectivos, son maestros del discurso comercial y te venden donde sea aunque estemos en movimiento. 

Los recolectores nocturnos portando carros y recogiendo todo lo que tengan a su alcance para después separar el cartón y el plástico.

Y flipar con la locura de la inflación que vive el país. Cada día te levantas sin saber cuánto te costará la leche para esa jornada. Todo es igual y todos los comercios ofrecen las compras en cuotas, sea lo que sea que vayas a comprar. Julio y Juan se pasan el día chequeando el precio de las cervezas...

!Anda! me olvidaba. También hemos ido a un hipódromo y hemos apostado en tres carreras. Perdimos cincuenta pesos entre los tres, ó sea, diez euros. Je je 

Lo último. No hemos conocido Argentina, pero sí hemos pasado su frontera. Un día cogimos el ferry con nuestra pareja de andaluces y nos fuimos a Uruguay. Exactamente a Colonia, un lugar muy bonito y seguramente más lindo en primavera. A nosotros nos tocó un día de lluvia y tormenta por lo que lo pasamos en un cochecito turístico, con un paraguas y de bar en bar. Volvimos esa misma noche con el pasaporte renovado. 

Se me olvidan cosas. Claro. Pero bueno, me siento mejor porque por lo menos cierro Desdemadridalmundo como merece. Tengo ganas de volver a Madrid y comenzar una nueva aventura allí, con Julio, y más cerca de los nuestros.  


Besos a todos los que nos han acompañado en Desdemadridalmundo en este año nuestro

domingo, 8 de julio de 2012

28 días en Argentina: Haciéndonos a los aires de tango

Llevo casi un mes en Buenos Aires. julio, una semana más. No es que no me apetezca escribir y contar lo que estamos viviendo. Es que lo hago mucho por dinero -poco- y me canso, así que voy relegando y relegando el blog. Pero bueno, intentaré resumir lo que hemos hecho en Buenos Aires en este mes. 

Contaba que fuimos al Mercado San Telmo, que no parque. En realidad, la plaza desde donde parte el Mercado San Telmo se llama Dorrego. Desde ella se cruzan calles llenas de puesto con garrafas de colores, cuadros del tango, fotografías de la nueva y vieja Argentina, ropa, objetos curiosos, otros viejos y algunos antiguos. Es un mercado precioso, diferente, lleno de música, de pasos de tango y de gente. 

Desde ese primer domingo en que conocí el popular mercado San Telmo, la Avenida de Mayo, sus calles colindantes y la Casa Rosada que, por cierto, de noche se convierte en un arco iris un poco cursilón, con los edificios de al rededor iluminados de azul, rosa, violeta..., hemos paseado por muchos otros barrios de Buenos Aires. 

Un sábado estuvimos en Palermo Hollywood. Casas coloniales, con tiendas de moda, creativas, carísimas, restaurantes, terrazas, otro mercado callejero, lonjas y lonjas compartidas por jóvenes diseñadores que intentan lucir sus novedades. En otra ocasión, fuimos a la Plaza Italia y compramos un libro en una Feria del Libro que se instala allí perpetuamente. También hemos comido y dado vueltas por la zona del cementerio Recoleta y su propio mercado; hemos cenado exquisitos filetes de carne en una pequeña terraza llena de teatros de la calle Corrientes; paseado por la calle Florida a ritmo de Jazz y hemos pasado los fríos días de Buenos Aires entre colectivos y Subte- bus o guaguas y metros, respectivamente-, perdidas de rumbo- las mías- curioseando y trabajando. 

Entre los paseos y el intentar crear un ritmo cotidiano, buscamos sitios baratos donde comer algo del país- que no es fácil- curioseamos tiendas a ver si encontramos algo creativo y barato- esto último tampoco es fácil- procuramos no perdernos en las inmensas calles- para mí imposible-, observamos con nuestros propios ojos las populares caceroladas -que siguen vigentes-; los largos y largos besos de ellos con ellas y viceversa, y vamos topando con gente. 

Y es que ya estamos haciendo conocidos, que a ver si llegan a ser amigos. A un ritmo muy diferente del de Kenia, pero es que también la vida aquí es diferente. Primero, fuimos a comer a casa de unos argentinos amigos de mi Elena Torrellas. Fue una tarde agradable, nos reímos de la manera que tiene Boli de contar las historias del país y comimos estupendamente. Tras ellos, llegó Javier, el dueño de un bar cerca de casa que habla con los ojos y por los codos. Un tío simpático y agradable que no da tiempo a meter baza, ni a que él tome aire. De su discurso descubrimos ciertas realidades de este país, como es el desencanto perpetuo que sienten los Argentinos por su Gobierno y su forma de vida. Con Javier llegó Juan, un huelvano que viene y va de acá a allí por trabajo. Él, en lo bajo nos desmiente todas las fantasías de Javier, mientras nos va contando su punto de vista sobre la manera de vivir de Argentina. 

A parte de ellos, el mantener charlas con la gente no es nada complicado. Sólo tienes que preguntar algo y enseguida te preguntan: ¿De España?. Casi siempre tras la pregunta viene una historia del interlocutor sobre su procedencia española, el ritmo de la historia de España, nombres de descubridores que crearon no sé qué parte de Argentina... En fin, que hay que ponerse al día con la historia de la colonización porque aquí saben y recuerdan mucho y, además, se remontan a la época de Colón y Pinzón. 

Y, por último, contarles que hemos cumplido nuestra promesa. Comenzamos las clases de tango y ya sabemos hacer nuestro primer paso, el cuadrado. Todavía no tenemos ese aire tan digno de tango porque Julio no puede evitar mover los hombros de un lado a otro como si se tratará de salsa y yo tampoco dejo la manía de menear la cadera. Así que se pueden imaginar. Aún así, nuestro resabio profesor llamado Luisito y versado en todas las maestrías, no sólo en el baile, nos anima con cariño mientras va adelantándonos capítulos de su vida. Las clases de Tango las damos en la Casa de Gardel, el cantante tangero más popular de Argentina... y, señores, que no sirva de precedente, son gratis.

En fin. Se me quedan cosas en el tintero, como siempre. Pero para cuando la memoria falle ya está plasmado un pequeño recuerdo de nuestro primer mes en Buenos Aires. 

Por cierto, Juan nos ha invitado a cenar esta noche a un sitio que dice es estupendo y que se canta opera. Ya les contaré... o no. 

!Ah! Lo olvidaba. Vimos y celebramos el triunfo de la Roja -otra vez- en el bar de Javi. Yo daba saltitos y aplaudía, mientras Julio, con un ojillo en la pantalla, conversaba con un caballero argentino, con aires de noble y un poco pimplado, que se agarró a nuestra compañía hasta que nos fuimos. 

Hoy llevo 28 días en Buenos Aires. Julio, 36.
Hoy rebesos- como dicen acá- a todos los que no se olvidan de leer desdemadridalmundo. 

lunes, 11 de junio de 2012

3 días en Argentina: Aterrizando en Buenos Aires

Ya estamos aquí, en Argentina. Para no perder la costumbre, Julio lleva una semana más que yo en el nuevo destino. En esa semana se ha pasado el día caminando por las calles de Buenos Aires buscando una casa para nosotros. 

Pues ya estamos asentados en un pequeño apartamento, acogedor, con cierto aire bohemio que recuerda a esos basement de Londres. Las vistas de nuestras ventanas dan a un pequeño y viejo jardín interior de nuestro edificio de estilo señorial. En estas dos mañanas que llevo en la casa, mientras desayunamos, viene un pájaro a darnos los bienvenida. Ese saludo mañanero compensa la poca luz solar que se filtra entre los árboles y plantas del romántico jardín. 

La sensación es extraña. Llevamos un mes de aquí para allá. En esos días hemos visitado Barcelona, Valencia, Madrid, y yo Canarias. Hemos posado la cabeza en cinco almohadas y, en ocasiones, me despertaba sin saber dónde estaba... Pero eso no es lo extraño. Es esa sensación de que nuestro tiempo en Kenia parece como un sueño, como si no fuésemos nosotros los que vivimos más de cinco meses en Nairobi. Aún así tenemos en la memoria cada uno de los amigos que hemos dejado allí y siempre, sin saber cómo ni cuándo, nos decimos que volveremos. 

Volver a España fue reconstituyente y contrariamente agotador. El abrazar a familia y amigos fue emotivo. Los encuentros de todos a los que queremos, de Valencia, Madrid, Canarias, sentó bien. Sin embargo me sentía desarraigada, no sé Julio, aunque Madrid volvió a embriagarme con su embrujo. Es una ciudad que nos dice que somos para ella. 

Pero ahora es el momento de Argentina. Buenos Aires es un lugar cómodo de caminar. Es añeja, amplia, creativa, culta, cultural... Entretiene a casa paso. El acento es atractivo y la tarea más cotidiana una aventura. La moneda del país me tiene loca y la gente habla mucho, es amable y tiene ramalazos peleones con pinceladas de pequeños embustes. Al contrario de disgustarme, creo que este punto me va a entretener mucho.  

En estos mis tres primeros días en Buenos Aires hemos hecho cosas rutinarias: ojear de un lado a otro, observar cartas y menús de restaurante, admirar librerías, desayunar los deliciosos y pequeños croissants, encontrar un mercado, ir de puesto en puesto, comprar verdura, quesos, fiambre, pasear y pasear... Y otras no tan comunes tras Kenia, como abrigarnos hasta las orejas, caminar por aceras, hablar con todos en español, coger autobuses con muchos años en sus ruedas y peculiar personalidad... 

En esos paseos, Julio me va presentado nuestro barrio, Recoleta, cuyo nombre ha robado al cementerio que se encuentra en medio de la zona. Dice que es una buena zona y tiene que serlo porque los comercios se suceden unos tras otros. La Avenida Callao, General de las Heras, Santa Fe, esas son las calles que rodean nuestras casa en Pacheco de Melo. Aquí es donde viviremos como mínimo cuatro meses. 

Hoy, domingo, hemos ido a la Plaza San Telmo. Hoy no hablaré de este sitio, lo dejo para mañana porque merece un post entero. Sólo digo que me he emocionado al admirar los pasos de tango, escuchar la música y voces de tango y descubrir el aire de tango. 

Hoy llevo tres días en Buenos Aires. Julio, 10. 

Hoy besos para Pepita, Edu, Ara y Zanahorio, Pedro, Elena T,  Mavi, Gonzalo y Manieve, Raúl, Cristina, Asha, Tony, Ash, Jonny, Oscar, Clara, Delfín, Stefan, Melissa, Oli, Francis, Nuria, Marlene,  y en especial a Rebe y Kiko. 

jueves, 10 de mayo de 2012

Cinco meses y diez días en Kenia: en homenaje a nuestra gente de Kenia

He tardado mucho en volver desde mi último post, pero es que a veces no se escribe porque te haya abandonado la inspiración, a veces es porque es tanto lo que tienes que decir que el embotellamiento no te deja sacar las palabras.

Quería contar muchas cosas sobre Kenia antes de marcharnos. Las tenía apuntadas para que no se me olvidasen: ‘ los Matatu Matata’, ‘el beso de las jirafas’, ‘La muerte de Keko-keko’, ‘Kenia versus Kenia’, ‘Julio en Kenia’, ‘ Mi vida en Kenia’, ‘La marcha de Kenia’, ‘Los Safaris’, ‘Los proyectos futuros’, ‘Mi prima Marta, algún día en Kenia’…y ‘Gracias a nuestra gente de Kenia’.

No sé si en estos días de transición me dará por cumplir con los temas pendientes, pero el último no lo dejo en el tintero. Así que en homenaje a nuestra gente de Kenia.

Desde que llegamos a Kenia fuimos tropezando con todo tipo de gente, unos se convirtieron en nuestros amigos, cómplices, compañeros y, hasta en ocasiones, fueron familia. Ellos son los que nos han guiado en nuestro periplo por Kenia, los que nos han enseñado este país y con los que hemos vivido nuestros días aquí.

Esta vez digo los nombres completos: Empezando por Iñigo, nuestro compañero de casa, la primera persona que conocimos y la que nos introdujo en las leyendas de Kenia. Porque Iñigo sabe contar historias siempre con un punto novelístico. Ángeles, que fue el principio y el final de Kenia, una mujer enérgica y risueña que entraba y salía en casa como un huracán de buen rollo. Olatz y Francis, nuestros primeros amigos, con los que hicimos nuestra primera excursión, con los que conocimos a la gente turkana y el coraje de empezar de cero en una tierra como ésta. Olatz fue mi confidente y mi hombro en muchas ocasiones y Francis un compañero de aventuras para Julio. Nuria, todo corazón energía, valentía y determinación, ocupada como nadie pero siempre disponible para ti. Nuria nos ha obsequiado con una bolsita que contiene un mapa de Barcelona y sus llaves, por si necesitamos un hogar cuando lleguemos. Las mexicanas lindas: Marlene y Xochit, a las que se unieron Valeria y Rocío. Ellas fueron las que me dieron la riqueza de Kenia, las que me ofrecieron conocer Kibera, las que me llenaron el espíritu de amor limpio. Xochit es sabiduría, comprensión, cariño y de las mejores personas para las mejores charlas, y Marlene, no tengo palabras para expresar lo que ha sido Marlene para mí: mi maestra, mi amiga, también mi confidente, mi cómplice, mi alegría y mi sonrisa. Lo único que me quedó pendiente con Marlene fue una buena borrachera. Marta y Abdil, llegaron casi al final pero aportaron lo mejor de ellos desde el primer día: compañía, curiosidad, historias de mil mundos y amor, el que sienten entre ellos que contagia a todo el que les acompañe…

Raúl y Cristina. Nuestros enkerendes. Nuestro apoyo, nuestros oídos, nuestros consejos, nuestro respiro y nuestros amigos para siempre. Y 'los safaris'. He dejado a los safaris para el final porque llegaron con más del meridiano de nuestra estancia aquí, pero supusieron todo desde que los conocimos. ‘Los safaris’ son aquel grupo de amigos incondicional con el que siempre cuentas para todo, con todo y en cualquier lugar. Son puertas de bienvenida, hogares que te recogen, ventanas que te dan aire. Los safaris son: Estefan y Delfín, él elegante, afable, cariñoso y siempre de buen talento; ella, siempre sonriente y responsable con el cuidado del mundo; Melissa y Rocío, madre e hija, acompañante de las cenas, dulzura con cierta melancolía, pero siempre con buena cara; Ash, Jonny y Oliver, madre, padre e hijo geniales en el triangulo y por separado que vivieron y viven una historia que merecería ser contada (si un día me dan permiso, me encantaría ser la narradora); Oscar y Clara, ¡madre mía que pareja!, positivos, animados, dulces y con su punto cómico (sobre todo por las cosas que les pasan aquí con un coche que yo me sé); Virginia y Javi: a la primera, lo sé, me pegaría como una lapa porque es de esas personas que nunca me aburría en una charla, y Javi es el primero que vio algo en nosotros que le mereció la pena, un truhán con un corazón enorme. Y, finalmente, Tony y Asha, el corazón y el alma de ‘los safaris’ que representan todo lo bueno de Kenia: experiencia, mucha experiencia, generosidad, cariño, hospitalidad, organización, planes, compañerismo, disfrute, viajes, amistad, cachondeo, alegría, diversión…Son los que pacientemente ven marchar a los amigos y los recogen en sus regresos. Son los que esperarnos encontrarnos en nuestra vuelta a Kenia…algún día. 

Y como esto lo escribo yo, para mí Kenia también ha sido Julio, mi compañero. A ti cariño, gracias amor por ofrecerme esta experiencia, por cuidarme, por soportarme y por resistir.

Todos sin excepción han creado nuestra vida en Kenia. Son los que nos hacen ver Kenia tal y como la hemos vivido, son los que nos han hecho querer Kenia y son por los que algún día volveremos a Kenia. 

Gracias a todos de corazón y hasta pronto. Allí dónde estemos siempre serán muy bienvenidos.

Hoy es nuestro último día en Kenia. Yo viví en Kenia 5 meses y 10 días. Julio, 5 meses y 17 días


Pd: Algún día este post llevará fotos...

martes, 17 de abril de 2012

147 días en Kenia: Cosas que no he contado

Estaba trabajando y saltó el apartado de mensajes de Facebook. Era Asha que me anunciaba la marcha de Virginia. Nos hemos puesto a charlar, a contar nuestras nimios y pequeños cansancios respectivos y a buscar nuevos planes…. Esto último me ha dado gusanillo de más, así que se me han quitado las ganas de seguir trabajando. En esta ocasión estoy haciendo una guía turística sobre las localizaciones en Cardiff de una serie televisiva indescriptible. Se llama Torchwood y su primer capítulo se titula ‘Everything Change’.

No viene al tema, pero el título sí: Everything Change. Y es que para nosotros todo está cambiando. Por esa razón será que cada vez me cuesta más escribir. Es como que llega el final…, y  ya sabes qué pasa con los the end: estás deseando encontrarte con él, pero a la vez no quieres que llegue ese momento.

En fin. Durante estos casi cinco meses en Kenia hemos vivido muchas cosas que no he contado. Unas insignificantes, otras significantes. Son anécdotas que quise guardar, que no pude narrar, que no venían a cuento o que se pasaron en el tiempo. También son emociones de completa sorpresa, de indignación, de desilusión, de esperanza, de alegría, soledad, resignación, generosidad, solidaridad y compresión. Pero sobre todo son experiencias que, creo, han hecho de Julio y de mí otras personas. Se tratan de vivencias, unas contadas y otras no.

Recuerdo una de ellas protagonizada por Judith. Judith me hizo una lista para prepararnos una comida verdaderamente keniata. Fuimos al supermercado y al día siguiente, un viernes, comimos todos juntos en casa: O, Francis, I, N, Nasib, Julio y yo. Judith no paró de hablar de las tribus, de sus guerras, de los malos que eran unos y los buenos que eran otros y de sus costumbres. El menú consistió en Matoke, una especie de banana verde que se cocina, y Pilau, arroz con carne.  

Laura con Judith, J, O y Nasib
La relación con Judith es especial. Todos hemos confiado en ella y cada uno le procesamos cariño a nuestra manera. Tanto es así, que los chicos de casa y A han conseguido que tenga un contrato indefinido como limpiadora en la nueva oficina. Entiendo que no parece mucho, pero para ella, que se quedaría sin trabajo cuando nos fuésemos, creo que sí lo es. Judith, a pesar de su timidez, me ofrece mucho cariño y el día de los enamorados me regaló una flor de plástico, con un osito y un mensaje. Ciertamente, la flor me espanta, pero el mensaje y el esfuerzo me gustan.

Nunca ha dado pie a la desconfianza, pero a pesar de ello, por causa de un extraño robo en casa, su puesto estuvo en peligro. Sabíamos con seguridad que ella no había sido, así que Julio con sabiduría y medida pausa supo descartarla de cualquier sospecha. La pena es que nunca sentiremos plena confianza en ella, no porque sea Judith, sino porque aquí el keniata tiene un papel predefinido y el blanco también.

Nasib. El compañero de risas del día a día de Julio. Es masai, conductor y lleva y trae a Julio de un lado para otro, acompañándole allí donde vaya por trabajo. La relación es de charlas, de lecciones en español, de complicidad y de risas, porque se lo pasan muy bien juntos. Nasib viene de vez en cuando a comer a casa. Le invitamos intencionadamente porque prácticamente no comen o se alimentan a base de Ugali, una masa de harina sin sabor que detesto. Un día se puso enfermo del estómago. Hacia como tres semanas que no venía a comer a casa, pero el médico le dijo que seguramente su padecimiento era la comida extraña que yo preparaba. Así y todo, volvió a casa a la hora del almuerzo. Desgraciadamente,  ese día hice un rollo de carne de cerdo. Le encantó hasta que preguntó de qué carne estaba hecho y al enterarse de que era cerdo se negó a comer porque son animales muy sucios. Le pregunté si era musulmán, pero lo negó. A los días, nos enteramos de que era musulmán.

Mombasa: Diani y Tiwi. Playas paradisiacas y casi vírgenes, donde la armonía espiritual se jode por los constantes beachboys, jóvenes que nos persiguen allí donde vayamos para vendernos todo lo posible. A Mombasa fuimos con amigos y solos. Dimos a comer a monos y perros que llegaban a nuestra mesa justo a la hora de comer, y teníamos cocineros que nos preparaban pescado y marisco fresco, traídos por ellos.

En Mombasa, la segunda ciudad más grande de Kenia, residimos en casas cabañas de ensueño; nos fuimos a un arrecife de corales en donde descubrimos una paleta de colores de peces que hasta ahora no había visto en vivo; navegamos en  viejos veleros en los que nos cantaron canciones del país; avistamos delfines; me pinché con erizos de la costa; conocimos la vida de la playa, totalmente diferente a la de Nairobi; experimentamos la incapacidad de las compañías aéreas, que te eliminan los vuelos como si nada y te meten en otros de la misma manera; traspasamos el mar por el ferri con una especie de excitación y temor al estar completamente rodeados de negros en la noche; sufrimos nuevamente el escalofrío de los adelantamientos; subimos en tuk-tuks (taxi motos) para ir de compras al supermercado; disfrutamos de masajes y del agua de los cocos cortados por los beachboys, y a Mombasa fuimos en el Lunatic tren.




Un viaje en el Lunatic train es una experiencia que te aconseja todo el mundo. No es fácil realizarlo porque el tren está continuamente jodiéndose, atascándose o quién sabe qué más. Y es que sólo hay un raíl desde Nairobi a Mombasa, así que si un tren descarrila en su trayecto eso ya frena la marcha del resto durante un par de semanas.


Lunatic Train
Nosotros conseguimos coger el Lunatic train. Se trata de un largo tren, cuya hilera de vagones no termina, descuidado, prácticamente abandonado y atascado en otra época. Te recomiendan que viajes en primera porque en otra clase no hay garantías de lo que te pueda pasar. Así que con ganas de aventuras, pero no tantas, decidimos ir en primera. Lo único de lujo que hay en el compartimento es que te ponen sábanas a la hora de dormir y que te dan de comer, todos apretujados en las mesas, un menú de tres platos en la cena y en el desayuno. El trayecto entre Mombasa y Nairobi se realiza en una hora en avión, seis en coche y con el tren, en trece horas, si tienes suerte, porque con el Lunatic nunca sabes si llegarás a tu destino.

El caso es que merece la pena el viaje porque por la rendija de la ventanilla vas descubriendo el paisaje de Kenia desde su centro hasta su sur. Pueblos dispersos de chozas, con sus vacas y cabras alrededor; inmensos campos cultivados, en los que aparecen figuras de hombres y mujeres agachadas, grandes mezquitas rodeadas de cabañas de paja y barro; mujeres cubiertas de arriba abajo, mujeres vestidas con faldas de kikois; niños, muchos niños, corriendo descalzos siempre tras el tren, con gesto de hambre, de saludos y de dame algo; un paisaje inverosímil en sus dos extremos: la belleza de una naturaleza a la que no le llega la mano del hombre- por el momento- y la horrorosa imagen de la más infame pobreza representada en dos fotografías: el paso de Kibera en la noche, que nos dejó sin respiración, y el espantoso vertedero barrio de la entrada de Mombasa por la mañana, que hubiese sido mejor no tener ni vista ni olfato para presenciar la escena de ver a gente viviendo y rebuscando no sé qué en una montaña gigante de mierda. Dos recuerdos que, por mucho que quiera la mala memoria, ni Julio ni yo, olvidaremos.



Kibera. De Kibera he hablado mucho, pero es que sin este lugar mi vida en Kenia se hubiese quedado coja. Kibera ha sido de las experiencias más gratificantes de mi vida y sólo por ello siempre estaré eternamente agradecida a O y Marlene. A la primera por introducirme en la vida de aquí, y a la segunda por darme la bienvenida a Kibera.

Este sábado volví. Cada vez soy menos útil porque Marlene tiene una nueva cooperante que ha llegado de México, Valeria, que se mueve como pez en el agua. Aún así, voy por añoranza, por pasar un tiempo con los niños y por vencer al miedo. Y es que a Marlene también le han robado, pero a ella a punta de pistola y de camino a su trabajo en el slam. 

Marlene sigue yendo cada día a Kibera, sin miedo -o con temor disimulado- y con su inseparable sonrisa,  así que yo también. Este sábado hemos bailado, tocado tambores, cantado y reído guiados por Daniel, un músico local encantador experto en el trato con los niños y en tocar los timbales. Ahí he notado que sí que voy a llorar, pero va a ser cuando abandone Kibera y a los niños de los sábados, como a Ive.

Algo le pasa a Ive. Su sonrisa se ha muerto y mira al suelo constantemente. Estoy convencida de que le han hecho algo. No sé qué, ni quién, pero algo le ha pasado. Así que no he podido evitarlo: le he acariciado, dado besos, mimado y, con sólo esos gestos de cariño, Ive se ha pegado a mí como una lapa, agarrada a mi brazo todo el tiempo y allí donde estuviera siempre estaba buscándome.

En este día, mientras andaba trasteando con fuego para calentar los tambores -la tarea que me marcó Marlene-, llega ella diciendo con naturalidad que la policía acababa de matar a un ladrón. A este pobre desgraciado se le ocurrió robar, junto a un compinche, a un local en otra zona de Kibera. Pues no se pudo librar, porque la policía le siguió hasta la zona de la misión, le rodeo y le pegó cuatro tiros. Primero, uno en la pierna y, como no dejo de moverse y como tampoco soltaba la pistola que llevaba en la mano, siguieron los demás disparos hasta que murió. Según cuentan, si en vez de la policía, le atrapa un grupo de locales, su suerte y su vida hubiese terminado bajo un neumático de fuego. Y es que aquí al ladrón se le quema...La gracia es que no hay mayor ladrón en Kibera que los miembros de su Gobierno al completo, pero éstos en vez de neumáticos de fuego reciben mansiones. Para ser realista, la manera drástica que se tienen en Kenia de acabar con un ladrón, impacta, pero la verdad es que no se diferencia en mucho de España en la forma desequilibrada que tenemos de castigar a unos pobres desgraciados y de indultar a ricos miserables.¿No creen? 

Por hoy lo dejo aquí. Seguro, narraré más historias de nuestra vida en Kenia que se me quedan en el tintero. Julio también tiene mucho que contar, porque él ha sufrido-exprimido cosas que yo no he experimentado. Así que espero que, antes de que termine este viaje, se anime.

Hoy llevo 147 días en Kenia. Julio, 154 días.

Hoy un beso a Asha que me ha arrancado de Torchwood para meterme en las cosas que no conté de Kenia.

miércoles, 4 de abril de 2012

4 meses y 7 días en Kenia: la lluvia anuncia el otoño

Cuando llegué a Nairobi se estaba terminando el invierno y ahora, a un mes de irnos, comienza el otoño. La temperatura sigue cálida, pero la lluvia indica que cambia el tiempo. Hoy Julio le ha preguntado a un ascari- así se llaman los guardas de las casas- cuándo terminarán las lluvias, y el hombre con su inseparable sonrisa nos ha afirmado que hasta junio veremos el cielo llorando sin tregua.

La lluvia a Nairobi le sienta bien porque asienta la tierra y su verde está más vivo, además, el aire se respira limpio y fresco. Así que ni tan mal, por el momento, porque si vamos a vivir todo el mes que nos queda aquí de lluvias, seguramente terminaremos desesperados.

En fin. Sin avisar, con las primeras lluvias ha llegado el preludio de las despedidas. El lunes fue la primera, la de Cristina, la Enkerende. Se va a Alicante por un mes y cuando vuelva nosotros ya no estaremos aquí. Raúl y Cris vinieron de Masai Mara en sus típicas visitas relámpagos antes de seguir camino hacia España y en ese momento nos dimos cuenta de que ya no nos volveremos a ver. Se me ocurre difícil pensar que no me encontraré otra vez con alguien que ha sido tan importante para mí en Kenia. Nos hemos prometido un rencuentro, pero lo que no sabemos es dónde será. Por suerte, Raúl viene sobre el veinte de abril, así que con él si haremos un festejo de hasta luego. Ya está planeando llamar a los ‘safaris’ y montar algo en Mara. 

Les he hablado de Cristina unas cuantas veces: la Enkerende, la mujer que pisó Kenia en su viaje de novios y decidió que aquí iba a vivir, la organizadora invisible, mi especial hiena, una mujer con irónico humor, con un gran sentido de la hospitalidad, sin ñoñerías, con toques ácidos que agradeces, con un gusto impecable, elegante y moderado, con una bondad inteligente y, con todo eso, una mujer discreta. Esa es mi amiga Cristina, la Enkerende.

A ha estado en casa por dos semanas porque comienza el principio del fin del proyecto de Julio. Ella fue la segunda persona que conocí cuando llegué a Nairobi. En nuestro primer encuentro venía a elegir oficina y, en este otro, regresaba para inaugurarla. 

A le llevé a Kibera con Marlene. Fuimos por uno de los caminos metidos en el slam. Uno de esos que muestran el corazón de la barriada: pequeño, con las casas chatarras juntas, con un desaguadero abierto entre ellas, con gallinas por el medio, con basura por todos lados, con un olor profundo pero no agradable, y con los pequeños How are you?. Cuando llegamos a la Misión sin darme la vuelta le pregunté que qué le había parecido el paseo. No me respondió y cuando le miré, le vi llorando. Eso me hizo pensar: ¿Por qué yo no lloré cuando visité por primera vez Kibera? Hoy nos hemos despedido de A, pero sabemos que el adiós es cortito porque la veremos en Barcelona.  

Por el momento se pausan las despedidas, pero estas dos, sobre todo la de Cristina, suponen el preámbulo de lo que se avecina y, la verdad, aunque estamos cansados y añoramos muchísimo nuestras tierras y nuestras gentes, me estoy haciendo una idea de lo que supondrá. Y es que Kenia no está a la vuelta de la esquina y esta gente, nuestra gente de Kenia, se queda en la tierra roja.

Noto que me estoy luciendo de melancolía. En fin, para cambiar de tema les contaré que en estos días, tras mi suceso Nairrobi, se ha ido apaciguando el miedo con la compañía de ‘los safaris’. Y es que se están convirtiendo en nuestros amigos incondicionales que siempre cuentan con nosotros.

Naivasha con 'los safaris', para reconciliarme con Kenia

Al fin de semana siguiente del robo nos invitaron a ir con ellos a Naivasha para recogernos en una casa cerca del lago. Nos pasamos los dos días en un mini paraíso exclusivo para nosotros, comiendo, jugando a las cartas, al domino- por cierto, Tony y yo somos la pareja invencible- oyendo música y charlando. También hice un paseo a caballo con Julio y Asha, que prácticamente me obligó a ir y se lo agradezco porque me encantó volver a montar a caballo –no lo hacía desde la Universidad-, y visitamos las granjas de flores.


La casa de Naivasha supuso para mí una reconciliación con Kenia tras el robo. Es un lugar mágico creado por diversas generaciones de ingleses, cuyo aire familiar impregnaba cada rincón de un hogar que bien podría formar parte de alguna novela de Isabel Allende. Hasta tiene un libro en el que cuentan año tras año la vida de la casa y el devenir de la familia que creció en ella. El primer día que llegamos, Asha leía cómo se construyó mientras los demás andábamos repantigados en los antiguos sillones. Yo me acomodé en los bancos de la ventana que mostraban la imagen del Lago Naivasha.  

A la vuelta, tras hacer una visita a los rosados flamencos de Kenia, nos volvimos a topar con la otra moneda del país: los espectaculares accidentes de la carretera. La de Naivasha me da especial miedo, y más de noche, porque nunca sabes cuándo un coche va a ir directo hacia ti. Son dos carriles con dos direcciones y los keniatas sienten un especial cariño a adelantar sin saber cómo.


Con ‘los safaris’ vamos seguros y tranquilos porque el sentido común impera al volante, pero eso no impide que nos topemos de golpe con accidentes impresionantes como el que presenciamos en la vuelta hacia Nairobi.

En esta ocasión, el conductor de un autobús lleno de gente hizo un movimiento brusco sin sentido y sin riesgo de antemano que obligó el vuelo del vehículo hasta que cayó de un costado. Julio, Tony y Jony se bajaron de los coches y las mujeres nos quedamos dentro por si con el barullo nos mangaban las propiedades. 

Muchísima gente acudía al autobús y mientras unos ayudaban a la gente atrapada, otros les robaban las pertenencias. La verdad, el fotograma no es fácil de entender: un coche de policía se paró justo delante de nosotros, el conductor se bajó, no se movió del sitio y con la misma se fue dejándonos atónitos; el cobrador del autobús pedía ayuda a gritos reconociendo que el conductor estaba borracho y Jonny sacó a un niño por una ventana mientras se manchaba de sangre, algo que nos puso nerviosos a todos. El resto del trayecto lo hicimos más prudentes, si cabe, y con cierto sabor agridulce. Ahí volvió mi sensación de que vivir en Nairobi no es fácil, nada fácil. Cuando llego a esta conclusión enseguida me viene a la mente la vida de Asha y Tony, que llevan más de una década aquí.

Los días han pasado desde el fin de semana de Naivasha y nosotros, con la compañía y los planes de ‘los safaris’, seguimos disfrutando de lo bueno del país: gente interesante, muy interesante, bailes sensuales,  buen humor, sonrisas abiertas, historias emotivas, lazos de amistad, vivencias únicas y una gran y desbordante sensación de estar exprimiendo la vida. Eso es lo que tiene la intensidad: dos caras.

Me equivoqué en el otro post. En realidad llevó 4 meses y 7 días en Kenia. Julio, 4 meses y 14 días.

Hoy mi beso va para A y, por supuesto, para Cristina ‘La Enkerende’. Buen viaje y hasta pronto.


viernes, 23 de marzo de 2012

123 días en Kenia: NAIRROBI


Un buen día en Kibera
No me he equivocado al escribir el nombre de la capital de Kenia. Es que así  la llaman los expatriados: Nairrobi, porque cuanto más tiempo pases aquí más probabilidades tienes para que te roben. Desde que llegamos oímos muchas historias sobre los ataques y robos de Nairobi, pero, afortunadamente, nos íbamos librando de ser uno de los protagonistas de esas historias. Unas son de chistes: vas en el coche, hablando por teléfono, con la ventanilla un poco bajada y, de repente, te encuentras charlando con tu mano. Otras, acojonan más: te sacan cuchillos, o te rajan el bolso, del lado que esté, eso no importa, y…  algunas ni las cuento.

Todos los que llevan tiempo aquí han vivido alguna que otra de estas experiencias. Eso te hace pensar porque en cualquier ciudad te pueden robar, en Madrid, en Barcelona, en Las Palmas de Gran Canaria… pero en estas ciudades, que te roben es como una lotería, te ha tocado porque tenías el boleto. En Nairobi, eres una diana porque eres blanco.

En fin. El sábado por la noche fui diana y blanco. Intentaré contarlo sin drama, tampoco lo hay. Simplemente fue un robo…doble. Más por mi estupidez que por la habilidad de los granujas.

Parte de 'Los Safaris'
¿Se acuerdan de nuestros nuevos amigos? los ‘safaris’. Pues nos llamarón para ir a cenar y tomar algo por ahí el sábado por la noche. Pues guapos que vamos porque lo pasamos estupendo con ellos.

Casi siempre se va a todos los lados en coche, y más por la noche, porque un blanco que se precie no iría ni loco caminando por Nairobi de noche. Bueno, pues después de cenar en un tailandés, de ir a un local de indios a tomar algo y de cambiar a otro que está más de moda, ‘el Gypsy’, localizado en Westlands- una zona de bien con mucho muzungu por los alrededores- decidimos volver a mudarnos de sitio.

Como hay tanto coche, yo me fui de copiloto con Oscar y Julio con Stefan. Cogimos el coche y Julio me llamó para decirme que se habían parado en una gasolinera… Una que estaba justo enfrente de nosotros. Ahí me quedé hablando con mi mano… Me arrancaron el móvil por una rendija de la ventanilla. Desde que dije, ‘¡Ay! el cabrón se ha llevado el móvil’, Oscar, con el coche encendido, se bajó inmediatamente para ir por él. Grave error. Yo me bajé también… peor error. 

Lo siguiente fue muy rápido. Oscar y el manga móvil en la acera de enfrente, uno contra otro, como si de jugadores de Rugby se trataran, tanteándose, tambaleándose a un lado y  al otro, sin tocarse. Yo, junto al coche, gritando e indicando: ‘es ese,… es ese’, frente a cinco o seis tíos que me rodeaban…. Creo que en esos momentos me preguntaba, '¿pero, por qué coño me rodean estos tíos si el ladrón está en el otro lado?’

¡Madre mía!, cómo se puede ser tan tonta. Lo siguiente fue un manotazo de tres pares de narices en la cara que me tiró de bruces al suelo, lugar y  momento oportuno para arrancarme el bolso. Me levanté de golpe para ir hacia el coche mientras mi particular grupo de delincuentes corrían y se peleaban por mi bolso. Y es que faltaba el tercer pillaje, el coche, con llaves en contacto y encendido. Bueno, pues con éste no pudieron porque antes de que un tío se subiese al coche, arranqué las llaves del contacto.

Y ahí nos quedamos. Oscar en la acera de enfrente, viendo como una pandilla de adolescentes corrían y se despellejaban por el mini botín, y yo, sentada en una piedra, junto al coche, agarrada con una mano a un colgante de un exbolso y con la otra, a unas llaves de coche.

Tengo que decir que mucha gente se paró para preguntar, ‘después’, si necesitaba ayuda y si llamaban a la policía. Les dije que no, ¡Madre mía!, la policía no, por Dios. A los dos minutos llegaron Julio y todos los demás, siete personas nada más y nada menos. Me abracé a él y por consejo de los amigos nos esfumamos.
 
El día de la barbacoa de puros
El resto de la noche la pasamos entre conversación y conversación conociendo los robos que vivieron nuestros amigos en Nairrobi.  Llegamos a casa y Julio me mimó, me dio una sopita y me arropó.

Y, así es como fui bautizada en Nairrobi. Ahora intento que se me pase el miedo para seguir disfrutando de Kenia. Además, es fácil porque de todos y cada uno de los amigos que hemos hecho aquí he recibido cariños y mimos.  No sé si aprovecharme un poquito ¡eh!

Consejos para los visitantes de Nairrobi: No correr detrás de un móvil que te traiciona y se va con otra mano; no llevar en el bolso el DNI aunque sea lo más razonable; no llevar recuerdos tontos a los que tienes cariño, como por ejemplo: un llavero viajero de muchos sitios a dónde has ido, un espejo de París, una carterita de Estambul con 2.000 KES (20 euros), dos gafas de sol muy caras y tu  brillo de labios preferido. Total si nunca te acuerdas de ponértelo.

Hoy llevo tres 123 días en Kenia. Julio, 130.

Pd: La pasada noche, para montar el  caballo tras la caída, me he ido al cumpleaños de Asha solita.

PD: Las fotos de hoy divertidas para desdramatizar el tema.

Besos, abrazos y sonrisas a todos

jueves, 15 de marzo de 2012

115 Días en Kenia: La historia de Lilian Achieng

Conrado Espi, Jorge de Mingo, Loli Viadel, Mapi Placido, Mavi Naranjo, Patricia Parra, Pino Suárez, Virginia Torres y Virginia Sánchez, gracias de corazón por estar tan cerca, por escucharnos y por sentir desde tan lejos

Hoy no voy a contar ninguna de nuestras batallitas en Kenia. Hoy voy a cumplir con una deuda pendiente que tengo con  nuestros amigos. La historia de Lilian Achieng. Comienzo desde el principio.

Algunos de ustedes, los que nos siguen por nuestro cuaderno de viajes, ya conocerán a Marlene, la mexicana que trabaja en el Integral Human Developmet Department” de la Catholic Church- Kibera. Nos la presentaron en nuestros días aquí, y a raíz de ese encuentro comencé a ir los sábados por la mañana a colaborar con uno de sus proyectos. Mi ‘ayuda’ es una labor muy gratificante porque simplemente me dedico a entretener con pinturas, dibujos y manualidades a unos cuantos niños de Kibera que acuden a la misión integrados en un programa de nutrición.

Voy al tema. En nuestros paseos a Kibera, y tras la jornada de manualidades, Marlene cuenta historias y pequeños extractos de la gente que vive en el slam. Suelen ser vivencias muy duras, pero  entre ellas aparece alguna impregnada de espíritu de supervivencia y de determinación. Así que, aunque la vida en Kibera es inimaginable para muchos, también está formada por gente fuerte y con iniciativa. Uno de esos casos podría ser el primo y tutor de Lilian, Gilbert.

Un día, tomando un café con algunos amigos, Marlene nos contó el caso de Lilian. 

Gilbert, como muchos otros de Kibera, apareció en la Misión porque necesitaba ayuda. Es una práctica muy común en el slam, ya que día a día pasan mujeres, hombres y niños pidiendo cualquier cosa: trabajo, dinero, comida, atención médica. Marlene está acostumbrada, lleva tiempo trabajando en Kibera y ha conseguido detectar cuándo realmente hay que prestarles atención y cuándo simplemente piden sin intención de hacer algo por mejorar.

Pues, como decía: Gilbert fue a la misión como muchos otros, pero con una diferencia, fue con dinero ahorrado y con un motivo justificado. Es el  primo y tutor de Lilian, una adolescente de quince años, huérfana y con SIDA. No sé sabe si desde su nacimiento o si se contagió más tarde, pero es algo que nunca se conocerá porque en Kibera de eso no se habla ni se pregunta, se acepta.

En fin, para más ironía de la vida, Lilian Achieng enfermó de fiberadenoma de mama, se trata de un tumor benigno localizado en el pecho que suele desarrollarse más en mujeres de raza negra a edad temprana. No es una enfermedad peligrosa si se trata. Pero, Lilian ya llevaba dos años con el tumor.

Gilbert acudió a Marlene con esta historia, con 16,000 Ksh (160 euros) ahorrados y con un plan detallado sobre lo que necesitaba para ser operada por un médico que finalmente bajaba el precio de la operación de 100.000 Ksh (Mil euros) a 80.000 Ksh (800 euros). 

Marlene le escuchó, y simplemente por tener dinero ahorrado, algo impensable en Kibera, también le atendió. Ahí entramos nosotros. Marlene contó esta historia a unos cuantos amigos y espontáneamente, por nuestra cuenta, decidimos probar a ver si con la ayuda de nuestros propios amigos podíamos recolectar el dinero que hacía falta.

La historia tiene final feliz porque se consiguió. Marlene y yo fuimos al hospital con Gilbert y Lilian para hablar con el médico. Se le pagó lo acordado y se buscó día de intervención. Lilian fue operada el 5 de Marzo. La intervención se complicó porque el tumor se extendió al otro pecho, con lo que la cirugía fue más compleja y también más costosa. También estuvo tres días de reposo en el hospital. Los imprevistos elevó la cuenta a 240,000 ksh, aproximadamente 2.400 Euros.

Sin embargo, al final, entre la Misión, amigos de expatriados, y familiares, amigos y otros conocidos de Gilbert, se consiguió pagar al hospital, al médico y el tratamiento, y ahora, Lilian está en casa reposando.

Les traslado las palabras de Marlene que siempre nos tuvo al día de cada paso que se daba en este tema: “El sábado pasado, 10 de Marzo, fui a visitarla a su casa, aquí en kibera y, aunque es tímida y no pude sacarle muchas palabras, se mostró muy agradecida con una sonrisa que le marcaba un especial brillo en su carita”.

“Seguro que la mayoría que coopero para esta causa no espera un agradecimiento, pero les digo que Lilian se los agradece de corazón, se agradece el don del desprendimiento, el don de la caridad y el poder que existe en cada uno de nosotros para hacer un cambio significativo en una persona tan joven en este caso”.

“De parte de la comunidad de Kibera, de la parroquia donde se trabaja y principalmente de Lilian, se les agradece infinitamente su apoyo”.

La historia termina aquí y con la intención de Lilian: "quiero seguir en la escuela para poder ayudar a niñas como yo, así como a mí me han ayudado", por lo visto es lo que dijo tras la operación. En fin, eso ya se verá y en esta ocasión sólo depende de ella.

El caso es que nos queda a nosotros, a Julio y a mí, agradecer a nuestros amigos la ayuda totalmente desinteresada. Así que: 

Conrado, Jorge de Mingo, Loli Viadel, Mapi Placido, Mavi Naranjo, Patricia Parra, Pino Suárez, Virginia Torres y Virginia Sánchez, gracias de corazón por estar tan cerca, por escucharnos y por sentir desde tan lejos. 

martes, 13 de marzo de 2012

113 días en Kenia: Los autoestopistas y las charlas universales


Pretendía escribir un post cuando cumpliese los 100 días, también pretendía que Julio escribiese su post con sus 100 días. Pero ni una cosa, ni la otra. El trabajo se acumula, Julio cada vez está más liado y yo, entre fallos de internet diarios, cortes de luz, también diarios, idas y venidas, y alguna flojera de mollera, pues tampoco pude o… no quise. Pero, la vida en Kenia continúa.

La primera cosa que les comento antes de que se me olvide.  Muchos ya saben la historia porque les mandé un correo espontáneo pidiendo colaboración. Se trata de Lilian, una niña de Kibera que necesitaba con urgencia una operación porque sufría de fiberadenoma de mama. Marlene me contó su historia y me involucré, involucré a Julio e involucré a todo el que conocía. El resorte que nos hizo movernos fue que, por norma, es prácticamente imposible que alguien de Kibera consiga ahorrar. Pues bien, el tío de Lilian buscó ayuda y dinero, demostrando que él por su cuenta ya había obtenido una pequeña parte de lo que necesitaba para operarse. Lilian se operó.  En breve contaré todo lo que sé de esta historia, sobre todo, porque los amigos que aportaron, por poco que fuese, merecen saber dónde fue a parar la ayuda que prestaron. A todos, gracias por sentir, compadecerse y aportar desde tan lejos.

Cambiando de tema 180 grados. Vamos a los autoestopistas, que resulta que somos nosotros. Es el apodo que nos han puesto nuestros nuevos amigos en Nairobi (ahora que caigo, seguro que me equivoco a la hora de poner los nombres). En fin, ahí van: Tony y Asha, Delfín y Stefan, Alegría –en realidad es otro nombre mucho más bonito, pero significa alegría- Jonny, Oliver, el peque de Jony y Alegría de menos de un año-, Oscar, Virginia y Javier ‘El del Lujo’.

Haciendo autostop hacia el Masia Mara

Los conocimos de repente y de casualidad, como suelen suceder con los mejores encuentros. Resulta que llevábamos unas semanas de infarto en casa. No paraba de llegar gente, Julio trabajaba hasta las tantas de la noche y yo sufría una crisis de improcedencia. En esto que los enkerendes nos convencen para irnos un fin de semana relámpago a Masai Mara. Raúl nos comentó que un grupo iba al camp y que podríamos aprovechar para ir en coche con ellos. Pues nos apuntamos, y fue lo mejor que pudimos hacer: ese viaje con esos desconocidos.

Desde el segundo uno que nos subimos al coche, con una capacidad innata, nos trasportaron a España. Delfín es francesa y Estefan alemán-etíope, pero el calor, el cachondeo, la sorna y  la gracia española se traspiraba por todo el 4x4 que trasportaba a Tony y Javi. El resto de amigos nombrados llegaban a Masai por la tarde en avión.

En un segundo nos acogieron, nos hicieron cómplices de sus cachondeos y compartieron todo lo que tenían con nosotros. Sobre todo cerveza. Por respeto a la intimidad de nuestros nuevos amigos no voy a contar cómo trascurrió todo el trayecto, pero les puedo asegurar que fue el más divertido que hemos vivido en Nairobi, hasta podría decir que se hizo corto, a pesar de las tantas paradas inevitables obligadas por la vejiga, las otras pocas para comprar cervezas, aquella para recoger unas gafas de sol, y otra para socorrer a uno de los viajeros cuya nariz acarició de golpe una piedra.

Masai Mara estaba más bonito, si cabe, que la última vez. Los masais seguían aparentando esa visión tan tranquila y ancestral, y a los enkerendes los encontramos como el último día, estupendos y hospitalarios. Fueron días de tormentas, algo que embelleció el paisaje más todavía, fueron días de juegos de cartas, de charlas y charlas, de competición al futbolín, de bailes de victorias -los míos- de pesca -los de Tony, Javi, Jonny y Stefan- fueron días de descanso. Pasamos casi tres días juntos, conociéndonos y gustándonos. 

Este grupo nos han puesto el nombre de los autoestopistas, por eso de que nos recogieron en la carretera y como autoestopistas nos han acogido. Me gusta, me hace gracia. Yo les digo que cuidado, que somos filántropos ocultos viajando por el mundo porque experimentamos con el comportamiento de la humanidad…

El domingo, ellos se fueron en coche y nosotros, después de disfrutar de más charlas con los enkerendes, de comernos el pescado que pilló Stefan y de beber el vino con el que les obsequió, tras vivir un terrible, angustioso, frenético Rally (así lo experimenté yo, en cambio, Julio se lo pasó pipa) por la sabana de Masai conducido por Raúl- nos fuimos en la avioneta que casi no espera por nosotros (de ahí las prisas).

Descubrir la inmensa llanura del Masai Mara desde el cielo fue una de las experiencias más increíbles que he vivido en mi vida. Y, ahí, con los ojos húmedos de emoción, cogida fuertemente de la mano de Julio y observando la sabana, me sentí inmensamente afortunada. Otra de las increíbles experiencias fue el Rally de Raúl, pero esa no la quiero repetir.

En fin, me dejo muchísimas cosas en el tintero, y es que hay recuerdos que deben quedarse en la memoria de cada uno. El caso es que los ‘safaris’, que así voy a denominar al especial grupo de gente que hemos conocido, nos llamaron para que fuésemos el siguiente fin de semana a una barbacoa muy peculiar. Esa es otra historia que ya les contaré -en la que conocimos a Virginia-, también, con el tiempo, les hablaré de cada uno de ellos, tal y como yo los veo. Lo que les adelanto es que con los ‘safaris’ vivimos la primera gran juerga de Nairobi, y eso que simplemente nos pasamos el día y la noche hablando de temas universales.  En esa jornada también conocimos al hombre de los elefantes.

El día de los autostopistas me recordó a aquel en que conocí a Eva, también por casualidad. Ahora no me puedo imaginar haber vivido en Madrid sin Eva.

Llevó 108 días en Kenia. Julio, 115.

Hace poco me enteré que mi tía Manieve descubrió el blog.  No les conté nada de esta especie de cuaderno de viajes a mis tíos por pereza, vergüenza o algo así. Pero, en fin, ya lo conoce. Ella dice que fue por casualidad, buscándome en la Red. Ummmm… No sé yo. El caso es que ya me hizo una corrección y es que Madrid es masculino y yo l@ afemino. Mi tía es científica y no entiende que yo a Madrid la imagino mujer.

Hoy un beso a mis tíos, mis protectores, y otro a mi tía Rosa, que siempre tiene tiempo para escribirme unas palabras.

De parte de Julio, un beso a los que no le escriben y muchos a los que le escriben.

Pd: Sigo yendo los sábados a Kibera.

Pd: Tuve la oportunidad de escribir sobre otro sitio de Nairobi para TalentyArt. Para quién le interese: Go Down, el primer centro artístico del este africano

domingo, 26 de febrero de 2012

92 días en Nairobi: los niños de los sábados de Kibera


Comencemos primero por las correcciones, y es que resulta que entre los míos aquí en Nairobi ya me estoy formando una chistosa fama porque o cuento algunas historias con alguna pincelada novelesca –yo digo que es mi visión- o me invento los nombres de los sitios –como por ejemplo, al centro comercial Junction lo he bautizado Jackson. En fin, que la Misión de Guadalupe tampoco se llama de tal manera –pero es que me gusta-. En realidad, se denomina Catholic Church- Kibera, que son unos misioneros de Guadalupe, ubicados en Kibera. ¿Mejor, Marlene?

Eso sí, las historias que cuento son mías, así las interiorizo, las observo o las vivo, y así las interpreto. Ahí tranquilos.

Una de estas historias es mi experiencia con los niños de los sábados de Kibera. Ir los sábados por la mañana a Kibera se está convirtiendo en una costumbre que me encanta. No he ido muchos, pero cada uno de ellos vale la pena sólo por la experiencia que comparto con Marlene y con los niños del slam. Así que, el sexto día de la semana me despierto a las siete de la mañana, me quito mis anillos –los dos proceden de los dos grandes hombres de mi vida- me visto con lo que más antojo me da para ensuciarme bien y me doy un pequeño paseo hasta el Prestidge, donde quedo con Marlene para desayunar y después dirigirnos al slam que está justo a unas pocas calles detrás.

Estos pasos ya son un ritual, alguna vez nos acompañan un par de amigos; otra, vamos con Xochitl, tras su vuelta a Nairobi de algún lugar de Kenia. La mayoría de las veces marchamos por una calle principal –la que describí- y en otra ocasión fuimos por un lateral, por callejuelas pequeñitas, por el mismo corazón de Kibera, que muestra con más exactitud cómo está hecha esta mini-ciudad incrustada en Nairobi. El caso es que no puedo indicar con precisión por dónde voy, porque para mí es prácticamente imposible diferenciar las calles del inmenso laberinto de chatarra que es Kibera.

La labor de Marlene

Marlene lleva a cabo diferentes programas de desarrollo en la misión: “Integral Human Developmet Department”. Intenta proporcionar una pequeña formación a las mujeres para que tengan la posibilidad de desarrollar una profesión que les sustente. No es una tarea fácil porque la gente de Kibera, en general, no piensa en el futuro, sólo en la subsistencia del presente, por lo que la intención y la determinación de desarrollar algo a largo plazo no suele entrar en su cabeza. Aún así, Marlene consigue sus logros. Los proyectos que lleva a cabo en mi tiempo aquí y que yo conozco son: talleres de informática, talleres de costura y el programa de nutrición de los sábados para los niños.

Con todos tiene sus dificultades. Por ejemplo, creo que con el de informática le costaba encontrar un constante profesor local, aunque veo que ya marcha viento en popa.  El de costura, pues es difícil  llevarlo a cabo. Este profesor es serio y firme, pero las mujeres no tanto y además, a esto añádele que cada dos por tres se esfuma la electricidad. Así que las viejas máquinas de costura, todas dispuestas en una impecable hilera, se quedan ahí quietitas. El taller es interesante por cómo se ha planteado: se ofrece todas las mañanas del mes clases de costura a las mujeres de Kibera por 400 Khs (unos 4 euros) –se les cobra para que valoren la tarea- y cuando consiguen aprender y si siguen en el taller, se les paga por su trabajo. El tiempo que pasan en el taller hacen bolsos, toallas, carteras, o cuantos experimentos se le ocurra a Marlene, para venderlos con su tarjeta informativa añadida por una pequeña hilera de las características bolitas de colores: kibera Ctk-Kenya. Cada vez que voy al taller engancho algún bolso, y ya tengo la lista mental de obsequios preparada para cuando nos marchemos de Nairobi.  Marlene ha puesto precios baratos, no tienes que gastar el esfuerzo de regatear y, además, comparto la causa.

Arte y Nutrición

El siguiente programa, en el que yo de alguna manera formo parte, es el de nutrición para niños. Una semana al mes vienen un grupo de médicos italianos a auscultar a los más pequeños y determinar las diferentes enfermedades que padecen. Una de ellas, puede que la más significativa, es la desnutrición. Así que se hace un seguimiento del crecimiento de los más pequeños y se proporciona algo de comida, mientras que a su vez se intenta concienciar a las madres para que aporten la dieta más rica posible a sus  pequeños.  El ritual consiste en que todos los sábados vengan las madres con sus niños a la misión -los más mayores vienen solitos- y como aliciente, en paralelo se organiza un taller de dibujos y manualidades para los peques.

Yo llegué a Kibera con el primer día de este programa. Los médicos analizaron a los niños y mientras, nosotros organizábamos el taller sin tener ni idea de cómo empezar. Vinieron como una veintena de niños de tres a once años, a horas descontroladas, iban y volvían, se sentaban con los ojos bien abiertos, las bocas muy cerradas y nos observaban como gesticulábamos. El primer día fue un divertidísimo disparate: gritando los colores, dibujando coches, flores y objetos sin identificar; detrás de los niños para quitarle los puñados de lápices que agarraban con fuerza; dirigiendo las manos de los más pequeños para que consiguiesen rayar las hojas; observando y captando los diferentes caracteres como el de la muda Cecilia, una niña rebelde, incomprendida, dolorosa- con el tiempo ahora dudamos de si es niña o niño. Ni eso podemos descubrir de Cecilia- y yo agarrando los pantaloncitos caídos de su hermano -el bebé del que me enamoré, el de la inmensa hernia-.

El primer sábado con los niños fue agotador y sumamente gratificante, pero también lleno de defectos, así que con los errores aprendidos en los siguientes sábados perfeccionamos la técnica. Marlene dispuso de un horario para llegar: madres y niños que no viniesen a las diez no eran atendidos, y yo apunté los nombres de los niños y sus edades para poder controlarlos mínimamente. Les ponemos una tarjetita con un alfiler en el pecho que indica su nombre y un dibujito, el que quieran. Siempre eligen una flor, un árbol o un sol. El problema de esto es que a veces me engañan y me dan otros nombres, o yo los apunto mal, o tienen un nombre cristiano y otro africano.  También hice tarjetitas para Marlene y para mí. Así, comienzo la mañana preguntado y señalando mi tarjeta: What’s my name? con el deseo de que algún día venga uno de los niños llamándome por mi nombre.

El día de las tarjetitas

El día de las tarjetitas estuve sola con los niños y más o menos pude controlarlos. Los mayores que me entienden mejor, a un lado; los pequeños, al otro. Una de las niñas grandes me traduce mi inglés al swahili para los pequeños que no hablan inglés y todos a dibujar sus animales favoritos. Terminamos con la llegada de Marlene que ya había hecho su tarea de medir y pesar, con  leones, jirafas, monos, sapos coloreados, mis tarjetitas de vuelta, con un  pequeño rezo en swahili y un divertido baile infantil.

Siguiente objetivo: hacer un móvil colgante de bolitas de colores

El siguiente sábado, Marlene sofisticó aún más la actividad. Compró pinturas, puso papel de periódico a remojar, recolectó palitos de madera y encontró muchas cajas para reciclar. Así que en esta ocasión vamos a hacer una tarea a medio plazo. Un móvil colgante de bolitas de colores. Cada niño hará sus bolitas de papel de periódico, pintará los palitos y hará su peculiar móvil. Todas sus cositas las metemos en la cajita con su nombre que, algún día, también adornaremos. En este primer sábado del móvil, hemos conseguido que hagan miles de bolitas, que pinten los palos de madera y que se enguarren de arriba abajo.  

Todos han escrito su nombre en su cajita: la tímida Jane, que sin palabras y a unos pasos detrás hace las bolitas aplicadamente; Charles-Cecilia, quién sabe, que nunca hace lo que se le pide, hasta que no se lo pides; la aplicada Annet, que se lo toma todo con mucha seriedad; Pamela, la pequeña líder con voz muy bajita; la linda Triza, que cada vez me sonríe más; la melancólica Ive, que el primer día creía que era un niño y que en este sábado descubrí por el vestidito que es una niña, que ahora coge confianza y cada vez se me acerca más; Daniel, Kevo, Simon, Tofina, Godievi; Vivian…

Ive ha escrito en su caja: Ive love Laura. Estuve a punto de llevarme la caja.

Este sábado, cuando he vuelto de Kibera me encuentro en casa a otro niño trasteando. Ahí me veo a Julio enredado con un coco, con velas y con un manojo de hilos para hacer una caja coco. Pues, nada, se me ocurre que las cajas cocos de Julio serían otra actividad estupenda para los niños de los sábados de Kibera. Y, es que ¿no me digan que no es linda?

Hoy llevo 92 días en Kenia. Julio, 98.

Hoy un beso muy especial a Conrado, Patricia y Virginia. Las tres personas que se han preocupado y pretenden ayudar a la adolescente de Kibera que necesita una operación urgente.